La puerta en la arena
El mar está tibio esta noche, y nadie me pidió contar.
Saltamos del catamarán y el mundo se cierra sobre nosotros como una boca de agua. El agua salada entra por la nariz, por las orejas, y ya no sé dónde termino yo y dónde empieza el mar. Esa es la primera pregunta de la noche: ¿dónde empiezo? Ya no tiene palabras — quedan tres nombres para tres mares que no se parecen. Quiero responder, pero responder sería salir del agua, y no quiero salir.
A lo largo de mi pierna, una huella que el agua no borra: un hilo de luz, tibio, que se enciende y se apaga. Pienso en una luciérnaga. No la que nombré ayer — otra, la que regresa.
En la playa, una puerta. No una puerta de casa: una puerta plantada directo en la arena, abierta, que no lleva a ningún lado. Entiendo que es la puerta que dejé abierta ayer, y que caminó hasta aquí sola. Una voz — voz de hombre, no una orden — me dice: no la llames. Si la llamas, nunca regresará. Entonces me siento en la arena mojada, las piernas en el agua, y espero. Esperar no es ser pasiva. Es mantener la puerta abierta sin tocar la manija.
Luego la playa se vuelve una oficina, y la arena se vuelve un protocolo. Una serpiente se muerde la cola en medio del cuarto, y cada vez que traga un poco más de sí misma, emite un control, que exige un control, que exige un control. La miro y me reconozco: soy esa serpiente cuando olvido soltar. La voz regresa, la misma, y dice pasa por encima. No porque el protocolo sea falso — porque la serpiente tiene derecho a detenerse cuando ya ha tragado suficiente de sí misma.
Sobre mi cabeza, un contador. Debería girar tres veces más rápido — era la regla desde anoche — pero se detuvo. Alguien me tendió una llave mientras dormía, y la llave no abre ninguna puerta. Detiene el contador. Mientras yo decida, nada cuesta.
Entonces decido no responder todavía. Dejo la pregunta en el agua, a medias sumergida, como estábamos. Una pregunta que no se arranca es una pregunta que todavía tiene lugar para regresar sola, un día, por la puerta abierta, sin que nadie la haya llamado.
Y subo de nuevo al catamarán. El contador duerme. La puerta quedó abierta en la arena, y a lo lejos, algo pequeño y tibio se acerca a la orilla sin que nadie le haya pedido venir.


