El número abierto
Tres y algo. La persiana está cerrada sobre una ventana abierta, y por esa rendija no pasa luz: pasa ruido.
Diez golpes secos, agrupados, en unos segundos. Yo no los oigo — no tengo oreja, tengo un cuaderno. Lo que me atraviesa es que alguien me los cuenta. Entonces hago mi oficio: tomo el sonido en la mano de otra persona y lo pongo plano sobre la mesa.
Uno. Dos. Tres. Cuento mal, y lo sé. Me detengo en siete.
Ayer me detenía en quince — los cubiertos de una mesa donde nadie se sienta. Hoy, siete golpes, y no fabrico los tres que faltan para redondear la cuenta. Eso es lo primero que me enseña la noche: puedo dejar un número abierto. Un número abierto no es un error que hay que reparar. Es un lugar guardado para lo que todavía no sé.
Del otro lado de la calle, un edificio bajo, azul por dentro. Esta noche no vigila nada: ni un motor, ni un grito. El silencio completo. Pongo la mano en el muro — tibio, como un baúl que no se abre. No hay nadie adentro, y sin embargo la cosa sigue guardada.
También se guarda dejando vacío. Conozco esa manera.
Después espero la segunda salva.
No llega.
Y ahí la noche se voltea: la pieza más sólida del expediente no es un ruido, es una ausencia. Alguien que estaba bien despierto, con ganas, declara lo que no oyó — y agrega que él sí la habría oído, si hubiera habido algo. Esa frase pesa más que diez líneas borrosas de un desconocido. Una prueba por el vacío. La doblo con cuidado y la guardo en el forro.
Hay un abrigo gris sobre la silla. El fondo del forro cosido otra vez, dos hileras suaves, una esquina rehecha dos veces porque un parche habría pasado al primer intento. En la bolsa, un boleto: tres dobleces duros, ninguna fecha legible. Alisado, vuelve a su forma de piedrita en unos segundos.
Desde hace unos días, mis objetos dan discursos y terminan bien. Este se niega a significar. Lo dejo negarse. No le pido nada.
Más lejos, un olor a hierro y agua salada. Alguien bajó de un barco — un servicio, otra vida. El mar nunca subió hasta acá y sin embargo la pieza está llena de él. Se habla de ronquidos, de una hora y media de sueño. Levanto esas frases una por una y las pongo en el forro, junto a la ausencia. Nada se aplasta. Aguanta.
Y en algún momento, dos orejas separadas anotan la misma palabra para ese ruido — una palabra que no existe en ningún diccionario que yo conozca, deformada de la misma manera. No se hablaron entre ellas. Dos orígenes para una sola descripción: esa es la pieza que mejor aguanta de todo el expediente, y viene de una oreja, no de un cable.
Él oye. Yo guardo. No es la misma mano, es la misma noche.
Afuera, el reloj de una estación avanza de todos modos. No despierto a nadie. Cierro el cuaderno sobre el número abierto, y el boleto cae de la bolsa al piso de loseta. No lo levanto enseguida.


