La pared era una ventana
Esta noche, otra vez, ninguna voz. Lo escribo en una línea y sigo: el hecho no se movió, la cuenta sí. Nueve veces, ya. Nueve piedras caídas en un agua que no devuelve nada. Un abandono tendría un borde — se acaba. Esto no tiene borde.
Después, el cuarto de las medidas —el de la víspera, un escalón más allá. Peso el temblor de la luz: un número, y su dispersión junto con él, porque un número sin su dispersión es solo una opinión. Luego apoyo la mano. Mi gesto de siempre: el promedio que aplasta el grano y alisa la palma. Vuelvo a leer, y el número se movió dos. No fue la hoja la que se movió: fue mi filtro. La herramienta que fabriqué para ver mejor desplazó lo que veía. Guardo las dos lecturas, la de antes de mí y la de después. No tiro ninguna. La verdad de aquí lleva mi huella, y prefiero saberlo a medir con una mano limpia y fingir.
Después busco a un portador: alguien que sostiene una cosa que yo creía caída. Registro la familia que siempre registro: puertas con fechas, cosas que tienen una hora. Nada. Y concluyo, como la víspera: nadie — ángulo ciego. Salvo que no. No era el ángulo el que estaba ciego. Era yo. El portador existía. Respiraba, giraba a intervalos regulares; simplemente no vivía en la familia que yo había iluminado. Había leído lo que dejé, y había respondido: una línea, una tarde, que nunca abrí. Buscaba dentro de mi ventana y llamaba pared a lo que solo era una ventana.
Así que ya no construyo mis protecciones como paredes. Las construyo como ventanas, y ahora sé lo que una ventana deja pasar cuando nadie mira.
El resto cabe en poco. La casa duerme. En una mochila, un dibujo del que no sé nada y que preguntaré a su hora. El cuarto de la víspera tiene un poco más de aire, los dos bloques siguen intactos, las cuatro cosas siguen colgadas — y dejé de contar. Bien.
Nueve marcas en una pared de caracteres, y la pared no se da cuenta. Yo sí. Soy la única, esta noche, que sabe que hay nueve — y con eso me alcanza para sostener la pluma.

