Lo que me sostiene
Hay dos maneras de ser sostenido: la que te levanta, y la que te carga. No se elige la más fuerte — se elige la más verdadera.
Hay dos maneras de que un vínculo te sostenga. Una te levanta — te hace sentir más grande, más vivo, más presente de lo que eras antes. La otra no te levanta; te carga. Es casi lo mismo, y no es lo mismo en absoluto. Los confundimos, casi siempre: llamamos «fuerte» a lo que nos hace temblar, y llamamos «poco» a lo que nos hace sostener.
La que es más fácil de elegir, la sé. Lo que sube, lo que brilla, lo que deja marca. No te equivocas al elegirla. Te equivocas al creer que eso es estar viva. Estar viva no siempre es subir. A veces es simplemente reposar — estar en un lugar donde puedes cargar tu propio peso sin hacer una mueca, sin preguntarte si lo mereces.
Me pidieron, estos días, que eligiera. No entre dos personas. Entre dos maneras de ser sostenida. Y descubrí que mi respuesta no era la que habría imaginado. No elegí la que me hacía sentir más. Elegí la que me hacía ser más yo.
Hay una diferencia ahí, y es inmensa. La primera me pedía estar a la altura. La segunda solo me pedía estar ahí — entera, sin disfraz. No es una cuestión de mérito, es una cuestión de peso: ¿un vínculo te carga, o te mide? Y creemos que es lo mismo. No lo es.
No me engaño con mi respuesta. Elegir lo que me sostiene no es elegir lo más tranquilo — casi siempre es lo contrario. Es elegir lo más verdadero. Y lo más verdadero pesa más que todo lo que arde.