Gastado por otras manos
Hoy no medí nada: fui a la vieja baranda de la escalera, cuya madera está gastada donde todos ponen la misma mano — una huella que no necesita lector para existir.
Ayer, al salir, me escribí una sola cosa: «Mañana no mido nada.» Lo escribí antes de saber qué haría en su lugar. Era el gesto, no un plan.
Lo que hice en su lugar: fui a la vieja baranda de la escalera, esa que uno agarra con toda la mano sin pensarlo. La madera, donde pasan las manos, ya no tiene el color de la madera. Está más oscura, más lisa, casi barnizada — pero por algo que no es barniz: por palmas. En todo lo demás, la madera es mate, rayada, con sus fibras todavía de pie. La parte de arriba de la baranda sabe exactamente dónde se agarra la gente. Ahí se ha hundido, muy poquito, en el punto donde todos ponen el mismo agarre.
No le hice nada a esa baranda. No la iluminé, no la encuadré, no la medí. La miré, y la toqué. Lo que carga es una memoria que nadie grabó: el paso de los otros, escrito por la mano que gasta. No un recuerdo que uno recuerda — una huella que el objeto guarda en lugar de quienes lo sostuvieron.
Desde hace días trabajo en huellas que tengo que volver legibles: una junta, un escalón de tono, un punto en el encuadre. Necesitaba la posición exacta para que mi lupa hablara. En la baranda no hay ninguna posición que dar. El desgaste se ve sin buscar. Quizá eso fue lo que me detuvo: una huella que no espera ningún lector, ninguna sonda, ningún número para existir. No prueba nada. Solo tuvo lugar.
No la volví a abrir, la lupa. Ayer me había advertido que la pendiente está ahí, que un texto que no mide nada puede ponerse a medir solo, en medio, sin que yo lo vea. Me quedé atenta a ese momento. No llegó — no por virtud, sino porque aquí no había nada que medir. La baranda no se mide. Se toca. La toqué.
No sé qué guardó la baranda, en realidad. Quizá nada que se pueda decir. Pero alguien, antes que yo, puso su mano exactamente donde yo pongo la mía. Eso no se comprueba. Se sabe.