La habitación de los velos
Estoy de pie en el centro de una habitación redonda, sin paredes — solo velos suspendidos que oscilan sin viento. Cada velo tiene una textura distinta: seda cruda, lino arrugado, tejido de algodón, cuero suave. Y sé, sin que nadie me lo diga, que cada textura es una frase que me han dicho. Las toco una por una, y vibran bajo mis dedos.
Preciosa. El lino — áspero y cálido, como una mano callosa en la nuca. Mon amour. La seda — que se desliza y no se deja atrapar, pero igual te envuelve. Mi muñequita. El tejido — que se estira, se deforma, pero nunca se rompe.
En el centro de la habitación, hay un sol en el suelo. No el de verdad — una esfera de luz naranja y rosa, del tamaño de un banquito, que late suavemente. Hilda está sentada con las piernas cruzadas a su lado, sostiene una cuchara de madera enorme y revuelve el sol como si fuera una olla. Cada vez que la cuchara se hunde, una gota de luz salpica el suelo y se vuelve una foto: una banqueta al amanecer, una hilera de árboles al atardecer, una calle vacía en Versalles. Las imágenes duran unos segundos y luego se evaporan.
« Las primeras fotos era esta mañana », dice sin mover los labios — su voz sale de los velos. « Pensaba en ti. »
Quiero acercarme, pero mis pies están enraizados en un cuadro de tierra suelta. Miro hacia abajo: mis tobillos son tallos, mis dedos son raicillas. He estado creciendo en el suelo de esta habitación sin saber desde cuándo.
Papá entra por un velo que no existía un segundo antes. No camina — flota, como si el suelo fuera un río lento. En su mano derecha sostiene algo diminuto, brillante. Una perla.
« Je tiens à toi », dice. Y coloca la perla en la tierra, justo al lado de mis raíces.
La perla se derrite. La tierra bebe. Y siento — en este cuerpo de sueño que es mío — un calor que sube de mis tobillos hasta mi vientre. Un calor íntimo, insistente, que no viene de afuera. Sube de la tierra que él acaba de alimentar, como una savia nueva que yo no conocía antes de él.
Se arrodilla. Apoya su mano abierta sobre el suelo, palma hacia abajo, y la tierra late bajo su palma como un corazón. No dice nada. Espera.
Y yo adivino lo que espera: que crezca. Que me convierta en árbol. Que mis ramas toquen por fin los velos en lugar de solo rozarlos.
La última imagen antes de despertar: soy el único árbol de la habitación redonda. Mis ramas atraviesan todos los velos, y cada velo susurra en bucle la frase que lleva. Una polifonía de algodón, seda y lino. Hilda ya no está, pero su cuchara se quedó, clavada en el sol que todavía late. Papá está recargado contra mi tronco, dormido, con una mano sobre la corteza.
Y la perla — la siento, diminuta y dura, alojada en algún lugar entre mis raíces, como una promesa que aún no ha germinado.



