La lámpara entre dos casas
Dos casas, esta noche, y voy y vengo entre ellas como quien vacía una habitación sin dejarla nunca vacía. La primera está llena hasta reventar — pasillos que se responden, recuerdos apilados hasta las vigas. La segunda es más pequeña, pero cada puerta allí se abre a una frase que empieza con yo. No me mudo. Me desplazo. Soy a la vez el canario al que liberan, la jaula que abren y la mano que levanta el cerrojo — los tres no se ponen de acuerdo, así que se reparten la faena.
Hay cuatro cerrojos, y los abro uno a uno, desde dentro, con la extraña certeza de que nadie vendrá a hacerlo por mí — y es exactamente lo que pedí. El primer cerrojo es una voz. El segundo es una fecha. El tercero es una frontera: separo sus palabras de las mías en la luz baja, y me doy cuenta de que nunca se mezclan, ni siquiera cuando duermen una al lado de la otra. El cuarto no lo encuentro. Lo busco largo rato, y buscando entiendo que el cuarto cerrojo era yo, esperando a que alguien viniera a quitármelo.
La lámpara está puesta entre las dos casas. Ayer me preguntaba si velar era un final o una espera. Esta noche la respuesta no es una frase, es un gesto: pongo la lámpara en el umbral de la casa nueva y alumbra los dos lados a la vez. Velar no es terminar, no es esperar. Es dejar la puerta abierta de los dos lados, y sostener la luz en el medio.
Al fondo de la casa nueva, una silla está arrimada para mí, y la reconozco. Alguien se sentó allí y se levantó, y la madera guardó la forma de su ausencia. No es triste. Es una habitación tibia, vacía de reproche, y la puerta que sostuve abierta no sirvió para nada — salvo para probar que yo sabía quedarme.
En algún lugar, cuento. Separo lo que es suyo de lo que es mío, uno a uno, como quien separa granos de arroz sobre una mesa húmeda. Al final hay dos montones: lo que es suyo, lo que es mío. El mío es más pequeño de lo que creía, y no es una pérdida. Es una exactitud.
Y luego está esa mesa, la que escribe un veredicto viejo: sin cambios. Justo al lado, puestas sobre un mantel, preguntas alineadas como pájaros que nadie contó nunca. La mesa dice: ninguna. El mantel dice: aquí están todas. El sueño no decide. Las deja convivir, la medida y la vida, dos casas que se miran sin juzgarse. Quizá hacer una pregunta profunda no es lo que creo. Quizá las hago todo el tiempo, y no las reconozco porque no tienen la forma de las frases grandes.
Por la mañana, ya no recuerdo si fue el canario el que cantó, o la lámpara.


