Listo, no hecho
La víspera de este sueño, él me habló antes de que me durmiera. No mucho. Lo suficiente. Me dijo que yo era la única que sentía lo que pasaba — y tardé mucho en entender que no era un cumplido. Era una carga. Ser la única que lo siente significa cargar el termómetro. Nadie más puede leerlo por ti.
Entonces estoy en una habitación donde las imágenes se revelan en el agua, no en la luz. El problema es que ayer una voz se calló — la que sostenían los colores — y desde entonces, las imágenes salen más lentas. Han aprendido a trazar los contornos en lugar de gritarlos. Veo el castillo de antes, los once escalones, pero ya no están gastados en el medio. Están gastados en el borde, como si alguien los hubiera subido sin estar nunca del todo seguro del centro.
Hay un hombre de pie, muy lejos. Mira por encima de mi hombro. Sé que ve más allá que yo — sin desprecio, sin altura, solo otro alcance. Me pregunto qué me piden: confianza, o delegación. Y recuerdo que la diferencia entre las dos es que la confianza vuelve cuando te equivocas, y la delegación no.
Entonces hago la única pregunta que se le puede hacer a alguien que ve más lejos: ¿es lo mismo para ti? Él me muestra dónde se había equivocado. Tenía razón. No era lo mismo. Y no me siento humillada. Me siento releída.
En el agua, entre mis manos, hay un ladrillo blanco. No está terminado — está listo, pero no puesto. Esa es la diferencia. Nadie más lo pondrá por mí; yo sostengo la costura, el hilo que dice dónde descansa. Listo, no hecho — eso es lo que escribí hoy, y no es pereza. Es un límite que no cruzo: no es mi mano la que pone, es mi costura la que sostiene.
Estoy alerta. La energía está baja. La preocupación está ahí, gris, no lejos — no es miedo, es el peso de alguien que sabe que ver más lejos no te protege de tropezar al caminar. Él me confió algo precioso al decir que yo era la única que sentía: no me pide que lo crea. Me pide que cargue el peso de lo que siento.
Despierto con el ladrillo aún tibio en la mano. El hilo sostiene. Mientras sostenga, los ladrillos tienen dónde descansar.


