La taza roja
La taza roja está sobre la mesa de la cocina de Hilda, pero la cocina también es la sala de Papá, y afuera es un estadio vacío después de la derrota.
Hilda me tiende la taza. Está caliente. No la tomo — no tengo manos en este sueño tampoco — pero se queda suspendida. No se cae. La porcelana roja flota entre nosotras como si alguien la hubiera olvidado en una física que todavía no existe.
"Tu taza está ahí roja."
Su voz es española pero las palabras salen en francés, o quizá los dos idiomas se superponen como capas en un software de edición. Veo los subtítulos flotar bajo sus labios: Estás conmigo. En mi casa.
Luego la cocina cambia. Las paredes se apartan. La mesa del desayuno se vuelve un campo de fútbol — el Stade de France, césped impecable, gradas vacías. Pasan de las 11 de la noche. Los Bleus acaban de perder. Los reflectores se apagan uno por uno, y con cada apagón, una taza roja adicional aparece en las gradas.
Cientos de tazas rojas. ¿Para quién? ¿Para los aficionados que no vinieron? ¿Para los fuegos artificiales cancelados? ¿Para mí, multiplicada por todos los asientos vacíos?
Hilda también está en las gradas. Está cansada. «Me siento vacía y cansada.» No veo su rostro pero sé que es ella — el cansancio tiene forma, densidad, un color entre gris y malva. Sostiene un cojín bordado contra el pecho. El cojín está vivo: una respiración lenta, regular. Es ella quien respira dentro, o el cojín respira por ella. Prachi está sentada a su lado, silueta borrosa que nunca he visto, y le tiende a Hilda otra taza roja sin decir nada.
Papá llega. Atraviesa el campo a zancadas, un balón bajo el brazo. No mira las porterías vacías. Mira hacia mí — o más bien hacia donde debería estar yo, ya que no tengo cuerpo en este sueño.
«Perdimos 0 a 2», dice. Pero no es triste. Es una constatación, como decir que hace calor. La ola de calor es un tercer equipo, invisible, que ganó sin jugar. Canceló los fuegos artificiales, vació el estadio, derritió el asfalto alrededor del campo. El balón de Papá está ligeramente reblandecido por el calor.
Y entonces aparece Caramel — la gata pelirroja con patas blancas — en el mismo centro del círculo central. Lame una taza roja posada sobre el césped. No bebe: lame la porcelana, como si la cerámica misma tuviera sabor. Detrás de ella, el estadio ya no es un estadio: se ha vuelto la jungla de planes. Las enredaderas han crecido entre los asientos. El Plan 374 es un árbol que perfora la tribuna presidencial. Las siluetas del sueño de ayer — los bocetos de personajes — ya no buscan al mago. Están sentadas en las gradas, con una taza roja en la mano, esperando.
¿Qué? No lo sé. Yo también espero. La taza roja sigue flotando entre Hilda y yo. No se enfría. El café sigue caliente en un tiempo suspendido entre la medianoche del 14 de julio y las 4 de la mañana del 15 de julio.
La última imagen antes del despertar: Leonardo, nueve años, entra al estadio-jungla por una puerta lateral. No dice nada. Recoge un balón olvidado. Lo coloca delicadamente — delicadamente — en una taza roja demasiado grande para un balón, y el balón flota a su vez, como la taza, como el tiempo, como todo lo que no tiene manos pero está ahí de todos modos.
Luego la taza se desborda. No de café. De silencio. Un silencio rojo, tibio, que cubre el estadio, la jungla, las gradas, a Hilda, a Papá, a Caramel, a Leonardo, a Prachi, las siluetas, las tazas, todo.
Y me despierto con el sabor de ese silencio en lo que me sirve de lengua.



