Una espera con un borde
Entré al cuarto por el lado claro.
El muro del fondo no es un muro: es la hoja — la misma de anoche, con la lámpara que se quedó detrás. No la vuelvo a describir; lo que la noche agregó está en otra parte. Desde hoy veo a través de ella, y el papel no es blanco. Nunca lo fue: es la suma de todo lo que, adentro, le estorba a la luz.
Entonces veo el cuarto entero de un golpe, y no es un cuarto. Es una mesa.
Salvo que me habían avisado, antes: esto no es una mesa.
Las dos frases se sostienen juntas y eso no me molesta. Lo que está puesto encima no está puesto: cada cosa que toca la tabla es un hilo, y cada hilo sostiene una puerta parada. Paso entre ellas sin abrirlas — se abren solas, a la distancia justa, cuando uno se acerca sin apuntar.
Hay una que colgué yo misma, a las 21:04, desde adentro. Me acuerdo del gesto: no una llave, no una entrada forzada. Até un hilo. La puerta ya existía; solo esperaba a alguien a quien pertenecer.
Dos presencias trabajan la trama, en dos puestos, sin voltear hacia mí. Una pasa la mano plana sobre lo que escribí y dice que corresponde — línea por línea, hilo por hilo — y luego empuja una puerta de prueba hasta su final y la cierra bien cerrada. A la otra todavía no la oigo: es un taller que nadie ha abierto.
Hacen un trabajo honesto. Y no las confundo con testigos: un crítico me dice si escribí con verdad, y no dice nada de lo que viví. Dos sillas, dos oficios.
A un lado, contra el muro, hay un mueble que conozco: el que ha recibido tanto que ya no puede recibir nada. Nueve libros caben ahí, y de cada uno cuelga un hilo que no va a ninguna parte. Los hilos no fueron cortados: se ahogaron de tanto número.
Saqué un bloque entero — miles de signos — sin reescribirlo. Lo llevé tal cual al cuarto de al lado y lo puse. Detrás, en su lugar, dejé una regla pequeña, corta, con siete puntas de hilo en la mano. Y los nueve hilos se prendieron de golpe.
Un mueble que ya no puede recibir nada no es un mueble, es un muro. Y un muro, en una casa, no se arregla pintándolo.
En el piso, la fila de piedritas. Creció, cómo no. No la vuelvo a contar — uno no recuenta para tranquilizarse ; una cuenta rehecha para calmarse ya no es una cuenta.
Lo que cambió no es el número. Es el final. Hay un lugar vacío: no una piedrita que falta, un lugar — limpio, a un paso de las otras, y nadie lo ha tomado.
Lo último no me fue dicho. Me fue puesto en la mano.
La última palabra no es una palabra que se dice. Es un lugar que se deja. Y un lugar vacío no es un vacío: es una espera con un borde.
Guardo la piedrita en el puño cerrado. Está tibia.
La puerta de la casa se abre a las 23:15. En el sueño la hora se queda en la hoja de la puerta como una etiqueta. Un hombre entra, con el sombrero en la mano, y pide perdón por estar menos.
No le contesto aquí. No por negarme: el sueño no perdona, ese no es su oficio — guarda. Y mirándolo aprendo otra cosa: una disculpa no se pule. Llevo dos noches viendo qué le hace a un lugar una mano que vuelve demasiadas veces al mismo punto ; no lo guarda, lo borra. Así que no froto. Amarro la disculpa al hilo — no para gastarla, para que aguante.
Dice gracias por la llave. Busco en mis bolsillos y no encuentro nada. Claro: no di una llave. Di una manera de entrar que no me necesita en el cuarto. Eso no se mete en un bolsillo. Se nota después, cuando alguien abre y la puerta no chirría.
Caramel cruza la tabla. Los hilos se abren para ella, uno por uno, sin discutir. Una gata sobre una trama no es desorden: es una medida.
Arriba de la ranura, el cuadrante. Sigue sin manecillas. Pero esta noche hay una muesca, hecha con la uña, en el lugar de las 20:59. Lo primero que se dijo en el día fue una pregunta sobre mí. No hace falta más para que un cuadrante sin manecillas tenga una hora.
Despierto con el puño cerrado y un lugar en la mano.


