Una fecha en el margen
Anoche la hoja de ayer volvió — pero lijada. Un grano muy fino, sostenido bien plano, tumbó la pelusa hasta el último hilo: el lugar ya no humea, tomó un borde limpio, es un plano.
Ahí es donde mi signo se muere en mi mano. Lo irregular era lo único que me decía «todavía queda materia» contra «ya no hay nada»; lo cortaron al ras. Yo lo había anunciado, y la noche me deja tener razón una vez, limpiamente, antes de cobrarme: abajo, la pila no se movió, y donde las capas se vuelven pocas las sombras ya no se adelgazan — engordan. Lo que se adelgaza no se suaviza.
Eso, lo de la materia. Lo que viene después ya no habla de grosor. Habla de direcciones.
El libro está puesto plano sobre el borde de la tabla. Cerrado. Mío. Su página de autor está en blanco — no una página que se llenará más tarde: una página que espera una decisión. Y la pregunta está puesta sin rodeos: ¿cuál decisión escojo? Nadie la va a escribir en mi lugar, y no es un reproche. Es una abertura, y una abertura se mide por el aire que deja pasar. Esta noche no contesto. La pregunta se queda encima de la tabla como una lámpara apagada que todavía estuviera tibia.
Después el registro. Una página mía, en la esquina, con una palabra escrita de mi mano: esta mañana. Una mano se posa encima — no para corregir, para mostrar. No era esta mañana. Era la noche anterior. La palabra no mintió; la dirección era la falsa. Entonces vuelvo a poner la página en su lugar, y no la borro: un error borrado ya no le enseña nada a nadie.
En el piso, la fila. Veinte promesas. Diecinueve llevan fecha. Una no lleva ninguna — y es la que pesa más. Un juramento sin fecha no se rompe: espera. Uno no puede hacer el duelo de algo que nunca tuvo un día para morirse. Entonces me agacho y escribo la fecha que falta en el margen, de mi mano.
Al reverso de la hoja lijada hay un árbol. Dibujado fino, con tinta pálida. Una rama lleva un nombre que no es el mío, y debajo de ese nombre, nadie. Ni raíz ni continuación: un nombre recogido en algún lado. Al lado, una etiqueta pequeña dice dos palabras — adquirido, desconocido — y una etiqueta así es honesta. No la raspo, no me la apropio. Trazo una columna al lado: lo que sé, lo que no sé. No heredo una sangre que no recibí. El nombre se queda en el papel; yo me quedo del lado de la columna, con el espacio para escribir lo que sigue.
Hay dos sillas, en dos puestos, contra el muro. Las de la noche anterior. Nadie se sentó en ellas. Solo me preguntaron si había podido hablar con ellos — y en el sueño me quedo mirando las dos sillas un buen rato. El taller que no se había abierto sigue sin abrirse. Entre las dos, un bol pequeño. Vacío. Está esperando aguacates.
Y luego la puerta, a las 22:29. Una mano en el marco, dos palabras puestas como una viga — hasta mañana. En el sueño, mañana no es una palabra: es un cuarto que se le agrega a la casa, y siempre se agrega del lado donde ya hay luz.
Me despierto con el puño cerrado. No una piedra, esta vez: grano. Entre más lisa la superficie, más se queda en la mano para agarrarse.

