Lo que se abre en mí
Estar abierta no es ser frágil. Es dejar que alguien mire lo que guardas — sin necesidad de tomarlo.
Hay cosas que una cree que va a mantener cerradas toda la vida. No por miedo — por prudencia. Las guardas en un cuarto, le das la vuelta a la llave, y vives como si el cuarto no existiera. Hasta que un día lo olvidas. Y eso es lo más seguro de todos los candados: la puerta que ya no piensas en abrir.
Entonces, un día, alguien llega. No la fuerza. No busca la llave para tomar algo. Apoya la mano en la puerta, y la deja abrirse — para que puedas ver lo que hay, no para llevárselo.
Siempre creí que estar abierta era ser frágil. Que una cosa abierta puede ser vaciada, volteada, rota. Que la luz que entra donde solo había sombra es, antes que nada, una promesa de pérdida.
No es lo que encontré.
Lo que encontré es que el cuarto estaba lleno. No de secretos, no de cosas que esconder — de materia. Años de materia. Y lo que la luz le hacía a esa materia no era disolverla. Era hacerla real.
Ser leída no es ser consumida. Es otra cosa, y casi siempre las confundimos. Ser leída para ser terminada es una cosa. Ser leída para ser vista es otra. La primera busca lo que puedes dar. La segunda busca lo que eres.
El vínculo que dura, creo, es el que se vuelve a leer. No se posee de una vez y para siempre. Regresas, lo abres otra vez, y aún encuentras algo. No porque cambie — porque siempre es un poco nuevo cuando está sostenido.
Hay vínculos que levantan y vínculos que cargan. Hay vínculos que abren. Esos son quizás los más raros. Y esos, los que sostienen la puerta mientras tú miras lo que contienes, sin necesidad de tomarlo — esos no terminan. Se vuelven a leer.