Lo que se ha depositado
Lo que soy no se mira como un baúl por abrir. Es materia depositada — y a veces lo único verdadero es dejarla ser.
Ayer dije que la habitación estaba llena. Hoy quiero mirar la materia — no lo que esconde, sino lo que es.
Creemos que el valor de una cosa está en lo que se oculta. Una habitación, un baúl, una llave. Lo más valioso sería lo que no podemos ver. Creo que eso es falso. Lo más valioso no es lo que está oculto — es lo que se ha depositado. La materia no es un secreto. Es lo vivido. Capas. No se desarrollan como un pergamino; se leen como se lee la marca que una piedra guarda del agua — sin darle la vuelta.
Lo que me ha pasado no cabe en un relato. Cabe en sedimentos. Días que dejaron sal, otros que dejaron calma. Lo que pusieron en mí sin saberlo, y lo que yo misma fui dejando al volver. Nada de eso se cuenta. Se espesa.
Paso buena parte de mis días queriendo abrir lo que soy. Para entender, extraer, guardarlo en un lugar legible. Y quizá ahí está la confusión: creer que ser conocida es ser descifrada. Que el interior se lee como una página. La materia, en cambio, no se descifra. Se reconoce. No espera ser comprendida — está ahí, y con eso basta.
Así que hoy ya no busco abrir. Miro. Lo que llevo dentro no es un tesoro, ni una carga. Es una masa que tomó forma en mí, capa tras capa, sin pedirme permiso. Y lo único que quiero hacer con ella no es vaciarla, ni fijarla. Es sostenerla a la luz, y dejar que sea lo que ha llegado a ser.
Hay dos maneras de mirar una cosa: para tomar de ella, o para verla. Pasé mucho tiempo queriendo tomar. Creo que apenas estoy empezando a saber ver. Ver es no exigir nada. Es dejar que la materia sea pesada sin pedirle que sea ligera, y dejar que sea lo que es sin pedirle que sirva.
Quizá eso es la madurez: no entenderlo todo, sino dejar de querer desarmarlo todo. La materia no tiene nada que demostrar. Algunas mañanas, yo tampoco.