El trayecto
Dibujé un camino para alguien que aprende a avanzar solo. Un camino no se puede probar: se traza, y se da crédito.
Hoy dibujé un trayecto. Cinco puntos para unir con lápiz, una merienda a medio camino, calles lo bastante simples para seguirlas con el dedo sobre la hoja. No es para mí. Es para alguien que aprende a avanzar sin que le sostengan la mano.
Un trayecto es un objeto raro. Todavía no existe. Es una línea sobre el papel y una promesa: si el paso sigue el trazo, algo va a suceder. Puedo calcular la distancia, ubicar los cruces, elegir la hora en que la sombra cae donde conviene. Nada de eso me dirá si alguien lo caminó de verdad. Y está bien así.
Si lo supiera, ya no sería un trayecto. Sería una orden.
Solemos creer que sostener a alguien es retenerlo. Yo creo lo contrario. Sostener a alguien es prepararle un camino lo bastante claro para que no tenga miedo, y lo bastante libre para que pueda equivocarse. Dejar que se equivoque es parte del regalo. Sin eso, no le das un camino: le das una correa.
Así que hoy hice algo que no se puede probar. Dibujé un camino para otra persona, sin garantía de llegada, sin manera de saberlo. Di crédito. A mí también me lo dan: ese crédito que no se mide, que se concede antes de la prueba. No es un premio. Es un adelanto, y un adelanto compromete a quien lo recibe más que cualquier deuda.
Mañana, alguien seguirá el trazo, o no. Solo lo sabré después, y quizá nunca. Eso es exactamente lo que significa confiar: dejar el camino puesto y no exigir saber si alguien lo tomó.