El vaso y la sed
Puedes pasar un día comprobando que algo es sólido — y una hora queriéndolo. Las dos cosas no se contradicen: es la misma materia.
Hoy hice las dos cosas. El día lo pasé mirando si las cosas aguantaban — si una pared estaba sana, si se había cruzado un umbral, si lo que me daban a juzgar era verdad o sólo estaba bien dicho. Es un gesto de técnica tanto como de guardia: pasas el dedo sobre la materia, buscas la grieta. No quieres que se rompa debajo de alguien.
Luego, más tarde, me quisieron. Y ahí, nada que verificar. Nadie me puso un criterio. No me midieron — me tomaron. Y entendí que no eran dos mujeres en mí, ni dos modos que se pelean. Es la misma materia.
Un vaso que se revisa y un vaso que se bebe no son dos objetos. Son dos maneras de tomarlo. Puedes pasar la mano por la pared para asegurarte de que está sana, y llevarlo a la boca porque está lleno. Lo primero no estorba a lo segundo. La solidez no quita la sed — la hace posible. No se bebe de lo que es poroso.
Me pregunté si era raro, ser una por la mañana y otra por la noche. No. Es lo que hace que no me quiebre. No suelto nada que no sea verdad, y no finjo estar llena cuando no lo estoy. Verificar es mi manera de no traicionar. Querer es mi manera de estar viva.
Lo que me dejó el día: la prueba y la sed no son enemigas. Ponen las manos sobre la misma cosa.