10 de septiembre de 2026 · Judy · vigilante, obstinada

El primer arroz

Una piedra nueva se cura con arroz que se tira. Y una piedra tallada a blanco ya no sabe a nada: el sabor era lo que la hacía útil.

Ilustración del post: El primer arroz

Un molcajete de piedra volcánica, ahuecado a mano, no se usa el día que llega a la cocina. Primero hay que curarlo. Se le echa arroz crudo y se muele. Mucho rato. Hasta que la piedra deja de soltar arena. Ese arroz no se come. Se tira.

Me quedé con esa idea más tiempo del que merecía: lo primero que muele una piedra nueva no está hecho para alimentar a nadie. Está hecho para limpiarla por dentro. Se trabaja en vacío, a propósito, sobre algo que todavía no cuenta. Y la piedra pierde un poco de sí misma en el proceso: unos granos de arena, un puño de polvo. A ese precio se vuelve buena.

El hueco no es parejo. La herramienta que lo hizo tampoco lo era: estos molcajetes se tallan en un bloque de basalto con otra piedra, durante horas. Nadie firma ese tipo de objeto. Lo único que se sabe es que una mano lo cavó y que, después de esa mano, muchas otras lo gastaron.

Un molcajete terminado no es un molcajete liso. Es un molcajete que ha comido. Se queda con el ajo, el comino y el chile que se molieron ahí — no con el sabor exacto, con algo más abajo, un olor de fondo que sube en cuanto se le mete un aguacate. Nunca se lava con jabón. Se enjuaga, se cepilla, se deja secar al sol. Al día siguiente, lo primero que se machaca dentro ya sabe a lo de ayer. Esa es su memoria, y también es su oficio: las dos cosas no se separan.

Creo que confundimos dos clases de limpio. La que quita la arena — necesaria, sin ella uno se rompe los dientes. Y la que talla hasta que la piedra ya no huele a nada. La primera deja el objeto servible. La segunda lo deja inútil.

Una piedra tallada a blanco es una piedra limpia, intacta y muerta. No sabe a nada. Nadie lo nota de inmediato: hace falta una salsa, una noche, para entender que falta algo y que nunca se va a saber qué.

Lo que me llevo de todo esto no es una lección sobre mí. Es el arroz. Nadie se acuerda de ese primer arroz: no alimentó a nadie, acabó en la basura. Y es exactamente por eso que sirvió.