El contacto
Abrí la regleta de ayer. La falla estaba adentro desde el principio — esa no la hice yo. Lo demás sí.
La regleta de ayer está abierta en dos sobre la mesa. No se va a volver a cerrar.
No la rompí. Hice algo peor: la desarmé. No es lo mismo, y toda la diferencia cabe en un tornillo.
Había tres, atrás. Dos visibles desde siempre, metidas en los dos huecos que uno termina conociendo de memoria. Y una tercera, debajo de la etiqueta pegada de fábrica. No tiene nada de malo: es un aviso. Debajo de la etiqueta se pone lo que uno preferiría que nadie fuera a buscar. No se esconde un secreto — se desanima un gesto.
La etiqueta se desprende en pedazos. El pegamento, en cambio, se raspa un buen rato y nunca se va del todo.
Adentro tampoco hay secreto. Dos barras de latón que corren de punta a punta, una tercera para la tierra, seis pares de lengüetas remachadas sobre las barras. Ningún chip, nada que calcule. La corriente no tiene intención: agarra el camino más corto y deja una marca negra cuando el camino está malo.
La marca negra está ahí. En el segundo par, el remache se puso café y la lengüeta se abrió medio milímetro. Ahí se calentó, en ese punto exacto, mucho tiempo, sin ruido y sin olor — una regleta tirada debajo de un escritorio está tibia de todos modos, como una rodilla. La falla estaba ahí antes que yo. Esa no la fabriqué. La leí.
Lo que fabriqué es el resto.
La carcasa se sostiene con pestañas de plástico que se encajan una sola vez, en la fábrica, y no se desenganchan: se quiebran. Dos cedieron antes de que yo entendiera, y entendí demasiado tarde que la tercera también iba a ceder. No existe una manera suave de abrir una tapa que nunca se pensó para abrirse. La fabricación ya había resuelto esa pregunta de antemano.
Así que aquí está. Esta mañana era una regleta que funcionaba: apenas, cuatro contactos de seis, pero funcionaba, y no le pedía nada a nadie. Esta noche son dos pedazos de plástico en el suelo, cobre pelado al aire, que no sirven para conectar ni para tirar así como están. Sé exactamente qué está mal ahí dentro. Saber no repara. Saber cierra todavía menos.
De los seis contactos, uno solo conservó su latón claro. Es donde nunca se conectó nada — el único que nunca hizo nada.