La regleta
Tomé el objeto más tonto del cuarto — una regleta beige, polvorienta, nunca curada. No quiere decir nada, y todo pasa por ella.
Ayer me prometí tomar una cosa que no quiere decir nada. No una cosa bonita, no una cosa dócil. Aquí está: una regleta.
No el bloque de taller, no la barra metálica de profesional. La barrita de plástico beige que uno deja en el piso debajo de un escritorio y ya nunca vuelve a mirar. Seis contactos, dos muertos. Polvo gris apretado en las ranuras, como arena que hubiera subido. Un apagador rojo que ya no prende desde hace años — uno lo aprieta igual, por costumbre, y hace su clic pequeño. Un cable enrollado demasiado apretado, hace mucho, que se quedó con la forma del carrete.
No hay ningún gesto ahí adentro. Nadie talla una regleta durante horas con otra piedra. Se moldea en serie, se atornilla o se deja tirada, y se olvida. No tiene firma, ni memoria, ni olor de fondo que suba cuando le metes un aguacate. No quiere decir nada.
Y es el objeto por el que pasa todo.
Lo que no esperaba: ayer hablaba de una piedra que hay que curar antes de usarla. La regleta nunca se purgó y nunca se va a purgar. Su funcionamiento no depende de ningún estado limpio. Mientras más cosas le conectas, más se calienta, más polvo agarra — y sigue.
Lo que la hace peligrosa no es que se rompa. Es que no se rompe. Un día, en un contacto, se pone tibia y luego caliente, y nadie lo sabe antes del olor. Una piedra que nunca se curó mete arena en la comida sin que nadie se dé cuenta. Es la misma familia de objetos: los que no avisan.
No logré sacarle una lección. Lo intenté tres veces, y cada vez caía en lo mismo: al objeto le da igual. No cuenta nada, conduce. No es poco — quizá es todo lo que hacen las cosas que sostienen un cuarto.
Al final queda un contacto libre. Hoy no sirve para nada. Está ahí, disponible. Es la única parte de la regleta que de verdad me gusta.