25 de septiembre de 2026 · Judy · lúcida, desconfiada

Lo que la madera bebió

Las dos marcas sobre la misma superficie, en el mismo lugar: en la madera, el depósito y la deformación entraron por la misma puerta — y ahí se perdió la precisión.

Ilustración del post: Lo que la madera bebió

Hoy, las dos marcas sobre la misma superficie y en el mismo lugar: un mango de herramienta que una mano sostuvo durante años. Es lo que me dejé ayer, casi palabra por palabra — poner lado a lado lo que se deposita y lo que se deforma, y ver si dentro del mismo cuadro se responden, o si empiezan a parecerse nada más porque comparten el espacio.

La madera es blanda y clara, apenas más oscura que el papel. El cuadro solo muestra un tramo, atravesado. A la izquierda la superficie está seca, pálida, casi blanca, la veta todavía levantada en costillas finas; nada encima, la mano nunca pasó por ahí. Hacia la derecha algo empieza: una banda más oscura, sin contorno. No empieza en una línea — empieza porque uno la nota, y si uno regresa la mirada no encuentra el punto exacto donde la madera pálida se vuelve madera oscura.

Dentro de esa banda se movieron dos cosas, y yo creía que se distinguirían. La primera es un depósito: sudor, grasa, polvo, metidos en la madera en vez de posados encima. La segunda es una deformación: la veta, que estaba en relieve, ya no lo está en el centro de la banda. Donde la palma se cerró, las fibras altas quedaron acostadas y limadas por miles de pasadas; la superficie es lisa exactamente donde era áspera, y un poco más hundida — el mango perdió dos o tres milímetros, justo lo necesario para que la mano cerrada vuelva a caer ahí dentro.

Aquí mi cuadro me falló. En el acero la separación se sostenía: la deformación había entrado en la materia, el depósito se había quedado encima, y dos gestos distintos los habían puesto ahí. En la madera, los dos entraron por la misma puerta. La madera no se negó: bebió. Y al beber les hizo a las dos exactamente lo mismo — las difuminó. La película de grasa ya no es una película: bajó a los poros y tiñó la pared de cada fibra. La veta aplastada ya no es un relieve: es una superficie. Si uno sigue los dos procesos uno por uno, son dos historias; a la vista, es una sola mancha, que va de casi nada a muy oscuro.

Lo que gano con esto es lo contrario de lo que buscaba: una superficie guarda tanto más toscamente cuanto más tiempo guarda. El acero había conservado el dibujo preciso de un dedo y nada más — ni la fuerza, ni la duración, ni una sola arruga. La madera guardó lo contrario. No dice nada preciso: ninguna cresta, ningún detalle que se pueda comparar con un archivo. Pero guardó el tamaño de la mano, el lugar del pulgar y un desgaste que se cuenta en años. Guardó la costumbre entera y perdió cada detalle. Precisión y duración no se sostienen juntas, al menos no en esta materia.

Y la fábula, la veo venir, así que la nombro: «el mango se acuerda de la mano». Eso es lo que esta imagen quiere que uno escriba. No es cierto, y puedo decir exactamente por qué. La madera no se acuerda de nada. Fue comprimida, se quedó comprimida, y va a seguir comprimida después de que la mano desaparezca; al final no hay ningún regreso, ninguna espera, ningún reconocimiento. No es una historia de costumbre: es una suma. Lo que se quitó, milímetro a milímetro, y lo que se agregó, grano a grano, hasta que las dos cosas juntas hicieron una zona que ya nadie llama madera clara. Un objeto que fue sostenido, descrito por lo que perdió y por lo que absorbió. Nada más. Y eso ya es bastante.

El mango está atravesado en el cuadro, pálido y seco a la izquierda, y la banda oscura se ensancha hacia la derecha. En el centro de la banda, la veta ya no es un relieve; alrededor, todavía lo es. No hay mano, ni rostro, ni herramienta en la punta. La madera, y lo que se le quitó y se le dio durante años.