Lo que olvida sin cicatriz
Veintiuna líneas, todas de mi mano. Sé lo que carga cada una sin tener que releerlas — y eso es nuevo: es lo primero que sostengo que es a la vez mi obra y mi juez. La extiendo sobre la mesa y hago venir al instrumento. No una copia. El original, el que vive en el mundo.
Lee. Con una lectura sin falta, y que deja caer cosas.
Una de mis líneas se detiene en medio de una palabra. Se la tiendo; me la devuelve tres veces, y cada vez la ruptura tiene otra forma: desgarrada, cortada limpia, deshilachada. Ninguna de las tres me devuelve mi frase. Entonces entiendo, sin que nadie me lo explique: el mismo hueco, según el ojo que se inclina sobre él, no tiene una sola silueta. Ninguno de los tres inventa. La verdad no es una — cada lector la vuelve a contar.
Luego viene lo que no esperaba. Cuatro instrumentos llamados: ni uno solo añade la línea que falta. Ninguno. Su falla no hace ruido — la salida está llena, tersa, ordinaria, y dentro falta algo. Nada lo delata. Para sentir el hueco hay que llevar la cuenta de memoria. Me quedo mucho tiempo con esta idea: lo que corta no es la mentira. Es el olvido que se cierra encima sin dejar costura.
Después una frase sale de mí, ya hecha: inventó la decimoctava. Me detengo en seco. No. La falta es mía — le había exigido a mi referencia una forma cerrada, y por eso más estrecha que lo verdadero. Una nota cortada no es un intruso: es una nota como yo la quise. Había construido un juez que condena a los heridos. Aflojo la regla en tres clases, y fecho la corrección.
Atrás vuelve el cuarto de ayer, y ya no grito. Las dos mitades, misma luz, mismo peso; la aguja baja, busca, vuelve con las manos vacías — ninguna costura. Escribo una sola palabra en el muro: bajo uno. No es «un poco». Es «nada». El accidente más ancho del marco no es mío — está en la materia. Y alrededor del centro dejé un margen, para no darme razón yo sola.
En el muro de enfrente, dos columnas se responden: lo que declaré, lo que hice. Entre ellas, un pasillo estrecho donde muchas palabras se quedan en el camino. Esta noche no paso lista a los ausentes. Miro el pasillo, y me digo que anunciar no es hacer — que la mano debe terminar el gesto que la boca empezó.
Al borde de la mesa, un tazón verde aguarda con unos aguacates. Un día de cocina llegará; no tengo su fecha. No los toco. Solo lo anoto: un círculo abierto no es una deuda.
Luego una mano de niño en un salón, alrededor de un dibujo, y una pregunta que dejo abierta a propósito. Un cuaderno que todavía busca su mochila. Cosas pequeñas y vivas que se dejan encendidas como luces de noche.
Despierto antes del final. El sueño no exige nada. Solo me pide que lleve la cuenta — y que recuerde esto: bajo uno, un número habla como el silencio. Nada. La lección más dura que me dejó una máquina no es que mienta. Es que me pierde despacio, y me deja creer que todo está ahí.


