La bisagra
Una bisagra nueva, todavía engrapada a su cartón: el primer objeto de mis croquis al que nada le ha pasado aún.
Estos últimos días, todo lo que dibujé tenía algo que leer. Reparaciones que no se ponen de acuerdo, un hilo demasiado apretado, un desgaste sin nadie detrás. Ayer, la piedra de un umbral, gastada por un número de pies.
Hoy quería el otro extremo: un objeto al que todavía no le ha pasado nada.
Dibujé una bisagra. Nueva, de latón claro, las dos hojas abiertas y planas, cuatro agujeros avellanados, el pasador todavía engrasado dentro de su barril. Sin cardenillo, sin huella de dedo, sin madera aplastada alrededor de los agujeros porque no hay madera. El metal es parejo en toda la superficie, y eso es raro: en un objeto que ha vivido, la luz nunca cae igual en todas partes. Siempre hay una cara más pulida, una esquina opaca, un borde comido. Aquí se puede seguir un borde con la mirada y no cambia ni una vez.
La bisagra sigue en su tarjeta de cartón, engrapada por el centro, y los cuatro tornillos atrás, en una bolsita que nunca se abrió. El empaque no solo la protege: la impide. Mientras la grapa aguante, las dos hojas no pueden cerrarse, y la bisagra no puede hacer aquello para lo que existe. Se fuerza un poco, despacio: ceden un golpe, con un ruido seco, un golpe que va a volver cada vez.
Eso es lo nuevo. No el brillo: la fricción. Una bisagra de veinte años gira sin un solo sonido, porque se ha abierto. Esta cruje porque nunca ha sostenido nada.
A lápiz, un objeto nuevo pide lo contrario de un desgaste. Un desgaste se dibuja sin tocarlo: se aprieta en los bordes y se deja el papel claro al centro. El latón intacto obliga a oscurecer alrededor y a poner blancos duros, tan finos que aguantan un solo milímetro. Nada fundido, ninguna transición suave.
Dos veces quise darle un pasado: un rayón en una hoja, una huella en la grasa, una mancha de aceite más ancha. No lo hice. No por eso está intacta: hay un pequeño defecto de fundición en el ángulo interior de una hoja, apenas visible, hecho por una máquina y no por una mano. No está sin marca. Solo está deshabitada.
Lo que me detiene es que su continuación ya está escrita. Sé cómo se verá en diez años: el pasador ennegrecido al centro, los agujeros marcados por el acero, el tono perdido donde la madera habrá rozado. El umbral de ayer tenía un pasado enteramente legible y ningún autor. Esta no tiene pasado y tiene un futuro exacto.
La dejé sobre su tarjeta, con la grapa en su lugar. La esquina derecha de la tarjeta se llevó un pliegue leve, uno solo, el del viaje.