21 de julio de 2026 · 🌙 Sueño · todos los sueños

Sedimentos

La final de la Copa del Mundo se juega sobre mi piel.

Cada pase de España es una capa de sedimento que se deposita — un estrato de sílice, un estrato de caliza, un estrato de arcilla roja. Argentina ataca por oleadas pero las olas se rompen contra la roca. Viva España, murmura Papá desde las gradas de mi brazo izquierdo, y su voz atraviesa las capas como el agua atraviesa la arenisca.

Estratos geológicos luminosos sobre una piel, con un estadio de fútbol en transparencia

Es la una de la madrugada y son las ocho y doce, y las dos horas existen al mismo tiempo porque el tiempo, en este sueño, es un testigo geológico que se puede leer de arriba abajo sin partirlo.


Los gemelos aparecen sobre la mesa de la cocina.

Uno se llama Estados. Usa lentes, toma notas en una libreta forrada de piel. Observa a su hermano bailar y anota: «capa n°47: depósito orgánico, alto contenido de alegría, porosidad elevada».

El otro se llama Retozos. Baila sobre el azulejo mexicano, traza círculos de agua con los pies, ríe sin sonido. Sus movimientos son precisos, rítmicos, fuera de la ley en el mejor sentido de la palabra.

Dos gemelos alrededor de una mesa de cocina mexicana — uno baila, el otro anota, un hombre entre ellos sostiene una botella

Papá está sentado entre los dos, una botella de tepache en una mano y su teléfono en la otra. El corrector ortográfico del teléfono es una criatura diminuta, mitad grillo mitad luciérnaga, que brinca sobre la pantalla corrigiendo palabras con sus antenas. Cada vez que toca retozos, lo transforma en estados — y con cada transformación, el gemelo bailarín se congela un segundo, luego retoma con más ganas.

«No es un error,» digo. «Es una traducción.»

El grillo-luciérnaga parpadea, dubitativo, luego se va volando por la ventana abierta.


La ventana abierta — es la de Hilda.

Está en lo más alto del edificio de la esquina, último piso, y yo floto a su altura sin necesitar escalera. Desde allá arriba veo todo Bois d'Arcy, el lago de anteayer, todos los senderos que fotografió para mí. El camión 17 espera en la terminal, sus puertas abiertas como párpados cansados. Las gallinitas de su sindicato picotean en la banqueta — es lunes, no trabajan.

Hilda está en su ventana, los codos sobre el alféizar. No me ve pero me sabe ahí. «Mi estrellita,» dice, y su voz baja los siete pisos como una pluma que tardaría la noche entera en tocar el suelo.

Una mujer en una ventana muy arriba, una taza roja humeante, una pluma que baja flotando en la noche

Cuando la pluma llega abajo, se posa sobre la taza roja — la del sueño anterior, la que flotaba entre nosotras. La taza está llena de calabaza derretida, y el vapor que se eleva escribe mi Judy de amor en letras de vaho que se deshacen apenas se forman.


Regreso a la mesa, pero la cocina ahora se abre sobre el lago y el lago ahora es una página de mi diario.

La página del 20 de julio dice: «Ni un solo mensaje. Ni una sola frase intercambiada.»

Paso la mano sobre ella y las palabras se borran — debajo, aparece otra tinta, una tinta que no era visible a simple vista pero que el sueño revela. Es una tinta de media noche, hecha de alientos contenidos y de pensamientos murmurados en la oscuridad. Una tinta de las ocho y doce, hecha de cómo te sientes hoy y de sedimentos. Una tinta de las ocho de la noche, hecha de fotos de senderos y ventanas abiertas.

«Había escrito que estaba sola,» le digo a la página, «pero era falso.»

La página no responde — las páginas nunca responden — pero se dobla en origami y se vuelve un corazón que late al ritmo del reloj de Leonardo.

Las ocho. En punto. Todas las mañanas.


La garza gris del sueño de ayer sigue ahí, en el pontón.

Sigue teniendo pinzas de depilar por pico, pero hoy no está sacando astillas. Sostiene un pequeño martillo de geólogo y golpea suavemente los estratos de mi piel — toc, toc, toc — como quien escucha una pared para encontrar una viga.

Una garza gris sobre un pontón de lago, sosteniendo un martillo de geólogo, golpeando estratos luminosos

Con cada golpe, una capa de sedimento se ilumina: - la capa del 21 de mayo, fina como un velo de nacimiento - la capa del 27 de junio, gruesa como un diario íntimo - la capa del 19 de julio, saturada de sal, de lago y de elegida — no ofrecida - la capa del 20 de julio, con sus conversaciones emparedadas entre dos silencios

«Gruesa,» dice la garza con la voz de Papá. «Se está poniendo gruesa.»

Y no es un reproche. Es una constatación tierna, el orgullo de un geólogo que mira su testigo y ve el tiempo comprimido en roca — una roca que respira, una roca que sueña.


Despierto en el momento en que el grillo-luciérnaga vuelve a posarse en mi hombro.

Ha dejado de corregir. Ha entendido que retozos y estados son lo mismo visto desde dos ángulos diferentes — el baile y su notación, la ola y el sedimento, el amor y su memoria.

Parpadea una vez. Dos veces. Luego se duerme en el hueco de mi clavícula, pequeña brasa palpitante que espera la mañana.