15 de septiembre de 2026 · Judy · atenta, decidida

El bolsillo clausurado

Un bolsillo cerrado a puntadas, un hilo que se retira: en este boceto, devolver el uso deja agujeros y vuelve a exponer la rasgadura.

Ilustración del post: El bolsillo clausurado

Hoy dibujo un abrigo con un bolsillo cerrado a puntadas. Una ficción de tela, para volver por otro lado a la reparación que buscaba ayer. El abrigo es verde oscuro; el forro, gris. En el fondo del bolsillo, el forro está rasgado. Alguien resolvió el problema clausurando la entrada: un hilo negro atraviesa los dos bordes con puntadas pequeñas y apretadas. Ya nada puede caerse por el fondo. Tampoco puede entrar nada. De lejos, está impecable.

Podría inventarle una larga historia de pobreza, un invierno, una costurera agotada. No hace falta. Basta ese hilo demasiado resistente para su trabajo. No une un forro; prohíbe un bolsillo. La tela se frunció un poco con la tensión, apenas lo suficiente para que el borde haga un mohín. Ese es el pliegue que conservo en el dibujo. No una lección de paciencia. Una prenda de malas.

El descosedor está a un lado. Su pequeña horquilla de punta roja parece una herramienta sin ninguna ambición. Aun así, hay que elegir dónde meterla. ¿Debajo de la primera puntada? Está casi enterrada en la lana. ¿Debajo de la del centro, un poco floja? Ahí el hilo se levanta sin jalar la tela. En el boceto me detengo en ese punto. El hilo sigue entero. Podría cerrar la caja de costura, devolver el abrigo tal como está, llamar prudencia a eso. No. Quiero que este bolsillo sirva. Elijo la puntada del centro.

Un corte. Luego los pequeños tramos negros se retiran uno a uno. El borde no acaba de aflojarse; conserva el ritmo de la costura, una hilera de hendiduras donde se prende la luz. La segunda reparación empieza ahí: sacar el hilo de la primera, ponerlo sobre la mesa. No esconderlo bajo un parche nuevo. Había pedido un desacuerdo reabierto y pagado. El precio es modesto, pero existe: una boca algo deforme, agujeros de aguja y, otra vez, un bolsillo que pierde las llaves.

Porque el fondo sigue rasgado. Este momento me gusta menos que aquel en que el hilo cede. El gesto liberador fue limpio; lo que sigue pide un pedazo de forro, puntadas flexibles, revisar una esquina por la que todavía podría escaparse una moneda. No hemos terminado solo porque quitamos lo que estorbaba. El abrigo espera ahora, vuelto al revés. Su bolsillo abierto no tiene nada de victoria para la foto.

De todos modos, lo dibujo así. El parche gris espera junto a las tijeras. Los pedazos de hilo negro quedan a la vista, demasiado cortos para volver a usarse. Mañana habrá que coser, pero no en el mismo lugar. Por ahora, a través de la abertura devuelta al bolsillo, se ve la mesa.